Esa luz desde la rivera

por Jhonathan Villegas Betancourth

La atención es la forma más pura

y rara de generosidad.

  1. Weil

Por: Jhonathan Villegas Betancourth

 

I

Tengo un sueño que me acompaña desde hace varios años con sus noches. En el sueño mi abuela Soledad (que no se llamaba así sino Maria Argensola, ahora me gusta honrar su memoria llamándola Sol-Edad) se levanta de su cama en la madrugada, va hacia donde duermo, me da un beso en la frente, me arropa con una manta y con sus años solares y se dirige hacia la puerta de la casa en arriendo en la que vivimos. Del otro lado de la puerta, una voz le anuncia que van a ir a invadir un terreno en el matadero municipal, que si quiere ir con otros vecinos que se están juntando para ese propósito, que es su única oportunidad de tener una casa propia donde meter la cabeza. Mi abuela va hacia el cuarto en el que duerme, corre la cortina de flores hecha de jirones de otras telas y le da la información a don Fernando, mi abuelo. Ambos se visten con lo primero que encuentran, abren la puerta de la casa y surcan la neblina de la madrugada.

 

II

La palabra humano, en su etimología, proviene de humus, tierra, procedencia. Ese origen es general y nos mancomuna como la muerte. Si provenimos de la tierra, lo privativo del territorio se expande y no habría necesidad de pensar en la propiedad para sentirse parte, dueño de algo, no echaríamos raíces, sino que seríamos rizomas que se ensanchan y se pliegan en el espacio compartido. Alucino con estas ideas cuando paso por el corazón mis memorias fragmentadas; una tercera parte de mi vida habitó un lugar que vi nacer y morir, hecho que marca mi propia historia con la de otros seres a los cuales veo cuadro a cuadro en mi película, pero que en sus medidas posibles también son ficción: todo relato no es absolutamente verdadero. ¿Qué de mis recuerdos es real? ¿Todo dolor o felicidad tiene su dosis de ficción? Mis memorias toman otro tono cuando las pongo en tensión con diversas experiencias, aquellas que vieron, a su manera, el origen y el ocaso de una comunidad, nuestro propio Macondo.

¿Cómo llegamos allí? Es un origen extraño marcado por la necesidad colectiva, el azar, las formas en las que la precariedad nos vincula y la dimensión política de un conjunto de personas que se une para llevar a cabo una acción, pero también de las intrigas e intereses sobre la propiedad y el rebaño de quienes urden para sacar provecho hasta de situaciones insólitas y complejas. Llegamos allí para invadir un terreno. Los nadie que reproduce la desigualdad por doquier ocuparon lo vacío, los nadie levantaron sus casas con unas cuantas guaduas y plásticos y metieron allí sus corotos y sus vidas. Los nadie comenzaron a tener nombre, biografía y lugares de procedencia; entre ellos, entre los nadie, se contaron sus penas a la luz de las velas, arropados con lo zozobra nocturna de estar a la defensa de la reacción policial. De ese temor proviene el símbolo de las banderas descoloridas de Colombia posadas sobre las puertas y ventanas de las casas de bareque o izadas en guaduas frágiles serpenteantes en la intemperie. Es un mensaje que le grita a la fuerza policial que el territorio es también de los pobres, que la tierra es también de quien la necesita, que las comunidades olvidadas también son compatriotas; es una metáfora sencilla y humilde que le sugiere a la represión que cese su violencia y que se ponga del lado de los de abajo. Por ello no solo aparece la bandera en los barrios de invasión, a ella se suma el himno nacional que suena desde destartalados equipos de reproducción para intentar conmover, con un patriotismo ecléctico, a fuerzas que se justifican en el código de cumplir órdenes.

No hay lugar que no se asiente sobre la tierra y no hay propiedad que no limite con fronteras lo que es de alguien y no es mío. Mis abuelos atendieron el llamado y en familia nos posicionamos sobre el lugar. Yo era un niño que le temía a su madre porque escasamente la veía, ella tenía que trabajar y éramos casi fantasmas en un mismo cuarto de una casa en arriendo. La Rivera, así fue llamado el barrio años después de su invasión, pero era conocido por los nadie y por los alguien como el matadero. Por proximidad, el lugar de nuestra invasión tomó ese nombre, quedaba enseguida del centro de sacrificio municipal de animales: reses y cerdos eran sacrificados todos los días, salvo los domingos: el séptimo día los matarifes y la industria para la que laboraban, descansaban.

Un barrio de invasión se construye con las sobras, pedazos, remiendos y en medio de la escasez, hecho que junta a la mayoría de los que realizan la acción coordinada de apropiarse de un terreno. Otros, como sale a luz después, llegan, construyen y venden. Otros tantos organizan una humareda, todo estalla, agitan, politizan y luego reclaman el botín. Lo que sí es seguro, en medio de ese nacimiento, es que lo produce las ausencias y violencias materiales y simbólicas, la marginación en sus múltiples sentidos.

El caso es que allí crecí, allí ayudé a construir la casa que mis abuelos nos pudieron ofrecer, una casa de bareque de dos pisos, ya no las endebles guaduas con un plástico para guarecernos de la lluvia. Era en realidad una casa firme: paredes empañetadas con mierda de caballo y tierra en medio de esterilla; vigas y columnas de guadua hechas con pericia y de manera intuitiva entre vecinos; techos de zinc para escuchar el concierto de los aguaceros y las piedras de los juegos infantiles y las molestias domiciliarias, cielorrasos humildes construidos con pedazos de madera. Construcciones de cartón y de guadua florecieron y fuimos un pequeño jardín de casas pequeñas y familias numerosas. Creció la vida, los lazos y los conflictos. Fuimos un barrio con río, caminos veredales, trincheras y con escuela (una que nos quedaba al abrir la puerta de nuestras casas antisísmicas). Los niños y niñas crecimos teniendo espacio y mucho tiempo para jugar. Pero no nos quedamos en edades libres y el crecer le va dando forma a la vida y la vida puede doler de maneras arteras. Tal vez ese era el correlato que nos acercaba al matadero, éramos niños y presenciábamos la cadena de producción del sacrificio: a ciertas vidas marginadas se les limita sus posibilidades para florecer.

Todo origen trae consigo sus muertes. Fui partícipe del nacimiento de mi barrio; mi niñez y adolescencia (en la que llegué a sentir vergüenza por ser pobre) están amarradas a un lugar y a personas que ya no existen, que se fueron o no me recuerdan. Después del terremoto de 1999, el barrio comenzó a desaparecer, las casas fueron derribadas para ser reubicadas en otras zonas. La casa de mi abuela fue de las últimas que se tumbaron. Los vecinos se fueron yendo y nos fuimos quedando solos. Echar abajo lo que construiste es como llevar una pena a cuestas por muchos años. En esas ruinas también estaba mi historia, una que se construyó con otras personas, lugares, formas de habitar y de ser. Yo también hago parte de esas otras vidas anónimas, estén donde estén.

El tiempo ha fluido, como el cuerpo de agua que sigue su camino en aquel lugar; invadimos un terreno hace muchos años y la tierra que nos humanizó sigue en aquel lugar como un fragmento de todo lo que existe.

 

III

Aquel sueño es el correlato de la historia que me contaron mis abuelos desde que tuve conciencia real de los hechos, de todo lo que implicó ese suceso de equidad coordinada de un conjunto de familias destechadas. Considero que esta experiencia marcó mi vida en todo el sentido de lo que una vida puede significar. Mi sensibilidad, formación y conciencia política se remonta a ese pasado austero. Esa luz desde la rivera es un proyecto con el que busco darme respuestas, abordar mi historia y una historia común, poner en evidencia situaciones de orden social y político y reconstruir, desde lo simbólico y documental, una mirada sobre lo comunitario e intersubjetivo. Este proyecto de investigación creación, desde la óptica de la antropología del arte, involucra varios lenguajes: el video, la fotografía, el paisaje sonoro, la narrativa. Mi exploración, metodológicamente hablando, se sustenta en las perspectivas de la antropología del arte, los estudios biopolíticos, la cartografía social y artística, la escritura performativa, la mirada fotográfica, la deriva y la documentación poética.

El trabajo fotográfico es mi mirada que indaga por el pasado y el presente de mis memorias personales; la videografía es una exploración simbólica, onírica en la que las gramáticas y coreografías del cuerpo son el soporte y lugar de enunciación para evidenciar una conexión que establezco, en términos biopolíticos, entre las comunidades marginadas que invaden un terreno y la actividad sacrificial del animal: la administración y sacrificio de la vida; los paisajes sonoros y las narrativas textuales son un tejido intersubjetivo que conecta la memoria colectiva donde se performa el espacio, los no-lugares, las prácticas colectivas, los símbolos patrios[1].

 

***

Posdata: El fotógrafo Vladimir Encina, en el año 2021, documentó el proceso de desalojo, por parte de las fuerzas policiales, de los residentes del asentamiento de San Isidro, Puerto Caldas (Risaralda, Colombia). Allí vivían familias afro, indígenas, campesinas y personas en condición de desplazamiento forzado. Sus casas eran refugios improvisados y sin servicios sanitarios básicos. El lugar de la invasión es el de las vías de un proyecto de construcción de un ferrocarril que comunicará a Pereira con Buenaventura, el principal puerto marítimo de Colombia. Encina captó momentos de zozobra, infortunio y olvido estatal (La cola de la rata, 2021)[2]. Sus fotos le valieron el premio Simón Bolívar en fotografía (Colombia)[3]. Menciono aquí su trabajo para contextualizar una situación de desigualdad e inequidad social que está detrás de mi proyecto Esa luz desde la rivera y que se conecta no solo con mi historia y la de mi comunidad, sino con las historias de otras comunidades en Colombia y en Latinoamérica.


[1] Este proyecto fue posible por el trabajo colaborativo. Mi abrazo cerrado a Marina, Mélida, Chucho, Nancy, Patricia, Ramiro, mis antiguos vecinos, personas que parecen atemporales y que me abrieron las puertas de sus casas para contarme sus historias. Mi gratitud y abrazo furioso con amigxs y artistas que colaboraron conmigo en este proceso: Alejandra Adarve, Jhoan Ospina, Manuela Muriel, Danilo Bocanegra, Juanita Ayala, Martha Londoño, Adrian Henao, Esteban Quintero. Decía Fukuoka que toda revolución comienza con una brizna de paja; esta es también una insumisión, confío en estas revoluciones y agencias que nos pueden encontrar, conmover, movilizar.

[2] https://www.lacoladerata.co/obturador/desmadre/

[3] Con su fotografía ‘Desalojo de la comunidad de San Isidro’ fue uno de los ganadores a la mejor foto regional (Sudamérica) de los premios World Press Photo 2022.

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