Demasiada persona

por Agustina Betancor

Agustina Bentancor.

 

Esta experiencia surgió de la motivación de transformar el dolor en aprendizaje.
El 30 de mayo de 2020, mi padre falleció. Entre el dolor y la incertidumbre, emergió de mí todo lo que debía llevarse con él, así comencé a revisar la historia. “Estructura psicológica narcisista”, así hablaron de mi padre cuando comencé a preguntar por qué teníamos que sentir tanto miedo, rabia, soledad. Fue una respuesta inaprensible para mi conciencia, así que viví con ella, sin poder hacerla mía. Hace poco me pregunté, por primera vez, qué implicaciones tendría esto para las relaciones sociales que se construyen alrededor de una persona con estas características. Encontré desde explicaciones psicológicas complejas a relatos personales de desesperación; el enjuiciamiento de esta forma que adquiere la personalidad como alguien “endemoniado”, cruel, no digno de compañía ni afecto: todo lo que alguna vez sentí. Aun así, sabía que mi mayor dolor se encontraba en la mirada: el sentirme no vista; como si una capa estuviera fijada sobre los ojos de mi padre cual espejo, que al intentar verme sólo se encontraba a sí mismo y su rabia. Inevitablemente recurrí al mito de Narciso, necesitaba saber más. Leí muchas interpretaciones, me quedé con la mía: Narciso muere al descubrir que hay algo más allá que su propia imagen y necesita alcanzarlo. Cuando finalmente su mirada le permite ver, se adentra en un mundo desconocido y abismal en lo profundo de las aguas del deseo. Viví el mito de Narciso dentro de un hospital, allí fue que me convertí en la fuente donde pudo ahogarse, unirse consigo mismo. Su conciencia se derramó en su cráneo, y sólo dejó algunas funciones, las necesarias para sentir y ver. Me acerqué y su mirada no se espejó, sino que me recorrió, y lo dijo todo a la vez. En su lugar, sólo dejó belleza.
A través de diversos materiales (palabras, sonidos, videos) intenté reconstruir esta historia surgiendo en el camino diferentes puntos de vista y personajes. Comparto entonces los frutos de esta experiencia de búsqueda: el corto “Demasiada persona” y un texto escrito “El bosque”.

 

 

El Bosque

Las hojas doradas de su corona mecían el viento con su sonar metálico, irradiando como un eco lo nacido de la tierra hacia los astros. Trepaban las ramas por su cabeza bañándose en el brillante sol para crecer más alto. Debajo, su rostro estaba detenido en toda era del deseo cumplido. Se descubría sólo por instantes a través del resplandor que se mueve detrás de la luz. Los movimientos de sus manos develaban estelas invisibles, nada de ella se encontraba fuera de la armonía silenciosa. Todo lo recorría en una danza, aún su espalda de serpiente y plumas. Erguida como una fuente dejaba brotar sus aguas al cielo como manantial. Elevando sus manos, hacía de sus ríos cascadas y en ese entonces su presencia emanaba una brisa helada que bañaba todo rostro y paisaje. Sonreía para así ver mejor… invitaba a los roedores a salir de sus cuevas, a los pájaros a posarse más cerca, a los lobos dejar tocar su pelaje. Avanzando los bosques, llamó a su atención un hombre anciano… su cuerpo moría, pero su alma no. Su poder en otros reinos encandilaba a las gentes, aferrado a sus ropas no supo detener el tiempo, creía que se ganaba y se perdía. El hombre llegaba al fin cuando sus remordimientos comenzaron a hacer arder sus pies. Nada a su alcance detenía el dolor, debió rendirse primero a su madre, sólo sus bosques y aguas calmarían su agonía con infinita compasión. Una vez entrado a los bosques se perdió en el abismo de las noches, y en un claro encontró a su niña perdida sobre la arena blanca. Ella hacía miles de estrellas sobre las escamas de su piel, renovaba así todos los ciclos con la luz de la luna. Entonaba su canción inspirando el aroma de las hierbas y las flores, para que todo brote y niño crezca. Nunca había visto un Dios Caído desde que aprendió a habitar los bosques. Al ver al anciano tomó sus filosas dagas y su mirada como flecha encontró a quien le observaba… En el reflejo de aquellos ojos casi secos de su anciano vio la piel cobre de una niña animal, en ese entonces su pelo adornado crecía lacio a sus costados. Ella parpadeó y removió las aguas…mientras su anciano se mantenía inmóvil. El lodo de las profundidades enturbió la visión y sólo se guio por los agujeros de su piel: sintió su temperatura, su volumen, todo el espacio que ocupaba aquel cuerpo lleno de surcos. En un nuevo parpadeo recobró la imagen débil de aquel anciano padre. La recreación en sueños de su memoria se sucedía ahora en sus cuerpos para no volver jamás a la repetición. La niña animal de los oscuros bosques se reunió en abrazo con su anciano, todo lo que esperaba para volver a hacer la noche día y evaporarse para ser una sola. Yantsa parpadeó y el viento ahuyentó las quemas, y elevando sus manos, los ríos como cascadas cayeron sobre la tierra y entonces, su presencia emanaba una brisa helada que bañaba todo rostro y paisaje.

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