Exposición solar¹

por Bruno Rosales Villareal

Bruno Rosales Villareal

 

Esta luz, atrapada en la espesura, no puede hacer daño. A pesar de estar en la sombra, no dejo de verla. Tengo miedo a quedarme aquí. Tengo miedo a ser chinche y vivir de la sangre ajena.

 

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Hace dos meses hubo plaga de chinches en la que fue mi casa durante veinte años. No se rinden fácil. Las trajo mi abuelo. Él es una persona de hábitos evasivos que no resuelven los problemas, sino que los esconden y parchan, por ejemplo, con cincuenta cruces en un cuarto, infinidad de fotos de mi difunta abuela, figuras religiosas saturando las paredes, cincuenta botas de piel de serpiente y cocodrilo, u otras peculiaridades. Además, a sus ochenta y siete años pretendió salir con una mujer de cuarenta, actriz de un canal llamado Mexiporn. Me enseñó su tarjeta de contacto para grabar videos de dicha índole porque cuando le ayudé a leer un mensaje en su celular salieron fotos de ella desnuda masturbándose. Así que, bajo ese panorama, se tardó en llevar chinches a la casa.

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Mi abuelo solo me ha contado su infancia una vez. Afortunado yo que lo grabé (a pesar de unas mentiras que se cuelan en su discurso), él solo puede acercarse emotivamente con alguien a través del filtro de la enfermedad y la mentira.

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Alejandra, mi novia, rentaba en la colonia Isidro Fabela a un precio accesible para el salario de una profesora. Ahí, seis pequeños narcomenudistas de la zona decidieron un sábado, a mediodía, interpretar el papel de «Encapuchados» e ir al predio de al lado.

Tumban la puerta: tiembla el piso: los encapuchados entran, asesinan a una persona: corren: pequeño grito: ahogado: hacia dentro: parte del reflejo asfaltado del sol de mediodía para exponer la vida en negativo. Salimos. Afuera, patrullas estacionadas; cuatro policías y dos vecinos anonadados ven la puerta de la casa; poco más lejos, cinco personas comentan si fue un asesinato o suicidio; del otro lado, dos policías interrogan a un joven, a quien poco después le aclaran que, dado sus respuestas, lo liberarán de toda sospecha; en la esquina, un hombre vomita mientras se sostiene de la puerta de una patrulla para no caerse con su arcada: gesto de incertidumbre anclado al asfalto que recibe sus ácidos gástricos con la impasibilidad del mundo urbano.

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Recubrir con barniz la madera para evitar el regreso de las chinches es una tarea sísifica. Algún día regresarán y en vez de comerse a mi abuelo, me comerán a mí.

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Una relación cruel puede aparecer inicialmente como una pequeña palabra en las pláticas con el otro. Esa primera marca se extenderá hacia las profundidades del organismo. Endurecerá y atrofiará las articulaciones. Carcomerá la piel hasta volverla un exoesqueleto andante: es el melanoma de la violencia. ¿Qué me hace pensar que esa palabra cotidiana taladrando mi dermis será diferente?

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Mudarse a Xochimilco con Alejandra. Pagar renta y depósito. Mudanza de sus cosas en tres días. Mudanza mía, paulatina, a lo largo de dos meses. Establecer un nuevo hogar

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(Se visualiza el perímetro negro de un rectángulo. Pulsa.)

En mi nuevo cuarto hay un techo de falso plafón que deja en su orilla una separación ligera entre él y la pared. Me taladra una imagen tan geométrica y vacía sobre mí.

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Todos los hombres en mi círculo social cercano son tres cosas: alcohólicos, reprimidos emocionales y dependientes económicos. Transfieren sus horrores individuales a los otros cual sinfonía de Vivaldi. Exigen dinero a las mujeres para cualquier gasto suyo (tengan ellos dinero, o no). Lo gastan en lujos inútiles. Lloran con un litro y medio de alcohol encima y, después de eso, se avergüenzan de dicho acto, por lo cual le avientan la puerta a su viejo padre, se pelean con sus hermanos, o caen al piso sin respuesta motriz alguna.

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Este diablo pronto brincará feliz en mi sienes, intestinos, garganta y boca: explotará mi acidez sobre la imaginación somnolienta que cargo. Palpitará en mi flujo sanguíneo con una sonrisa de oreja a oreja: recolectará con su lengua puntiaguda todo nutriente dentro de mí. Me hará suyo: no pondré resistencia.

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Hoy le dije a mi abuelo que me mudaría. Registré su reacción en un audio, pero prefiero transcribir lo dicho y leerlo en voz alta. Me es más fácil.

 

 

Mi mejor amigo me ayuda con la mudanza porque tiene una camioneta grande. Subimos muebles a su camioneta. Arrancamos. Dejamos los muebles en mi nueva casa. Dos horas después, mi abuelo llega con patrullas a casa de mi amigo alegando que le robaron cosas de su propiedad. Mi madre arregla el problema: se le educó para ser la mediadora de la familia, la mediadora de toda la incapacidad resolutiva dentro de la cuál nació: habilidad especial impuesta por los adultos no funcionales que la dieron a luz y que, a su vez, fueron dados a luz por otros adultos no funcionales. Ella levanta una denuncia contra mi abuelo porque le aventó el carro y amenazó verbalmente. Busca otro lugar donde vivir. No sé qué tanto creerle: ha vivido oprimida en esta familia largo tiempo y puede nunca darse la oportunidad de salir de ahí.

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Seré impasible como el asfalto: estoy a gusto en la sombra, lejos de la exposición solar.

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En el departamento de mi tía, mi mamá está en shock porque no sabe si dejará a mi abuelo en su soledad o seguirá bajo el yugo de la promesa que le realizó a mi abuela en su lecho de muerte: cuidar hasta la tumba a mi abuelo (inutilizado por ella misma a lo largo de su vida marital, así como por mi bisabuela a lo largo de su infancia). Sus discursos son erráticos, confusos. Transfiere la figura de mi abuelo en ella y se disculpa en su nombre. Yo rechazo ese acto tajantemente. Le pido que mejor hable de sí misma. No puede. Suele hablar a través de los otros.

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El síndrome de la enfermera indispone muchas relaciones. El Romanticismo jodió las concepciones del amor. El catolicismo, con sus culpas, jodió las concepciones de la responsabilidad. Combinados hacen de las relaciones una penitencia de la cual pocos quieren salir. Es fácil ser víctima o victimario y nunca cambiar de posición mental. Es fácil entender la violencia como interés y afecto. Es fácil cuidar a otros, pero no a uno mismo. Aun así, es igual de fácil hacer todo lo contrario. ¡Muerte al síndrome de la enfermera!

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Mi padre me narró su ideación de suicidio después de estar brutalmente alcoholizado.

 

Y va al baño. Agarra el pedazo de vidrio del espejo roto. Es de unos diez centímetros. Está ancho. Me dice que planea cortarse las venas del brazo. No sabe si con un corte vertical u horizontal, pero cuando presiona (y presiona en verdad el vidrio frente a mí) no puede porque imagina cómo el charco de sangre que saldría, mancharía los libros y no quiere que yo los limpie después. Piensa que es mejor suicidarse cerca de la puerta para que el hilo de sangre salga por debajo de la misma, los vecinos se den cuenta y el cuerpo no se pudra. Yo lloro reiteradas veces. Lloro y contengo. Contengo y lloro.

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Colgados de cabeza: testigos del vacío. Imagen de mi familia. Dejo este cadáver como un objeto de museo del cual yo seré su único espectador.

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Ya soy exoesqueleto: las ideas se endurecen, percibo un afecto enorme hacia el calor de la sangre ajena entre mis dientes.

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(Las palabras del siguiente párrafo caen como gotas.)

Lagrimean mis ojos porque he dormido poco. Duermo poco. Sueño mucho: pesadillas de mi vida real. Lagrimean mis ojos. Tomo café. Duermo bien con café, pero poco. Veo poco en realidad. Veo pesadillas de mi vida real. Lagrimean mis ojos, lagrimean porque sí.

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A veces quisiera degollar a todos los humanos que pasan frente a mí. Me gustaría abrirles la piel y desollarlos después de haberles hecho una suave, pero profunda, incisión con una navaja en el cuello. Me gustaría arrancarles la piel con la fuerza de mis manos, verlos sometidos hasta caer muertos por falta de sangre en su cuerpo. Me gustaría llenarme de sangre y sentir el peso de mi ropa aumentar por su espesura. Me gustaría quitarme la ropa, quedar desnudo y palpar los músculos, apretar, jalar sus nervios y tendones: que revienten y truenen como insectos aplastados. Me gustaría desgajarlos con calma, con un placer que me dejara olvidarme del lenguaje, las miradas, el llanto y cualquier aspecto que reflejara un mínimo de empatía. Me gustaría nublar mi cabeza hasta la ceguera y sentir mis manos repletas de esa sangre. Me gustaría lamer mis manos, saborearlas, olerlas. Me gustaría vomitar, harto de realizar un acto así; emprender mi camino de nuevo, vestido con sangre ajena y unos ojos muy dentro de mí: muy fuera del mundo.

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¿Cómo puede mi abuelo, a sus ochenta y siete años, decirle a una chica de veintitrés que está bien buena, pero es una india? ¿Cómo puede decirme que no puedo tener amigas porque me las voy a coger y, aunque estén guapas, no es de hombres coger con cualquiera? ¿Cómo puede mi primo, tan fácilmente, decir que otra mujer es una puta por tener videos en OnlyFans? ¿Cómo puede vivir con su madre a sus treinta años cuando gana más que bien? ¿Cómo pudo mi tío drogarse con diversas sustancias y robarle a la familia para drogarse aún más? ¿Cómo mi padre podía golpear a mi madre enfrente de mí y humillarla haciendo que limpiara el piso que él ensuciaba a propósito? ¿Cómo mi abuelo y mi padre se pelearon a golpes y yo tuve que separarlos a mis dieciséis años? ¿Cómo pude yo haber penetrado a mi primera novia cuando ella no lo deseaba? Y, después de eso, cuando ella me lo dijo de frente, ¿cómo pude molestarme? ¿Cómo me tardé un año en procesarlo y entender mi acto violento? ¿Cómo pude no tener referentes para saber qué hacer en ese caso? ¿Cómo todos prefirieron evitar esas pláticas? ¿Cómo prefieren masturbarse ante —y con— la violencia?

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Mi estómago arde. Mis ojos están resecos. Mi brazo sufre de una erupción de eccemas. Mis

pies están fríos.

Mis dedos están tensos. Mi cabeza pulsa más de lo normal. Mis articulaciones se dislocan.

Mis músculos se endurecen.

Mi boca se vuelve maxila. Mi nariz se hunde en el hueso. Mi lengua se llena de hilos filosos.

Mis labios se alargan cual cuchilla.

Mi piel se cae a pedazos. Mi esqueleto surge de las profundidades. Mis piernas se

triplican. Mi espalda carga el peso del vacío expectante

No sé dónde acaban mis dientes y dónde inicia mi nariz. No sé dónde se ocultan mis ojos.

No sé dónde están mis dedos. No sé dónde está mi cerebro.

Shhh.

Quiero sombra. Quiero sangre en mi vacío. Quiero huir de la luz.


[1] Los nombres, situaciones y actos narrados en este texto son reales. A pesar de ello, esta realidad está ficcionada, a veces intencionalmente y a veces no. Una disculpa por los inconvenientes que eso te cause.

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