Un canto a las profundidades: Memoria epistolar

por María Emilia Fierro

María Emilia Fierro

 

Resumen

Esta investigación navega las profundidades de la memoria e interconecta mundos que se han tocado y transformado. Para acariciar lo irreductible de la existencia, propongo una recolección y reapropiación de la correspondencia íntima enviada entre 2019-2021, a modo de reflexionar sobre el ensamblaje y re-ensamblaje de la memoria. En este proyecto personal decido habitar la espiral del espacio-tiempo, donde pasado-presente-futuro se infiltran en los lugares habitados y los afectos encarnados.  En este recorrido siempre vivo entre, es decir, en los intervalos de múltiples temporalidades, fracturas y fugas, así como de seres deseos y afectos. No busco representar la realidad, sino poner de manifiesto los afectos y la distancia para construir una nueva realidad que se abre paso en la imposibilidad de lo que se conoce como la experiencia perdida.

Los pliegues de la memoria: el retorno a la correspondencia.

Un canto a las profundidades: memoria epistolar es la creación de un espacio-tiempo. Por medio de la auto-reflexión textual de cartas enviadas que cargan con los residuos, escombros y remanentes del pasado-presente- futuro. Acariciar las memorias encarnadas como forma de sanar y vivir las distancias.

A partir de la reapropiación y reinterpretación de la correspondencia enviada a Madrid, Santa Fe, Quito, Buenos Aires, Montevideo y Los Ángeles, exploro la autobiografía, no como una narración retrospectiva de mi vida, sino como una forma de naufragar en las historias inscritas en mi cuerpo y en mi palabra en relación con otros mundos. Así, este proyecto oscila entre la autobiografía y etnografía, donde me aferro a las grietas de la intimidad compartida para generar espacios de encuentro y autoconocimiento.

El nombre Un canto a las profundidades: memoria epistolar se refiere a esos intervalos entre distintos lugares, memorias y deseos, es decir, ese lugar donde el canto es un llamado a escabullirse entre el tiempo y el espacio que separa físicamente los cuerpos para infiltrarse como un latido simultáneo en la temporalización de los espacios y la especialidad del tiempo. Desde esta perspectiva, el canto desborda el presente, así como el pasado, o la experiencia perdida, y transita memorias, afectos y lugares a través del tiempo. Así, me rindo a la deriva que surge de distintos ritmos, olvidos y silencios guiados por la cadencia única e intraducible del intercambio epistolar. En este retorno, entonces, no pretendo reconstruir los hechos de las cuarenta cartas enviadas a diez personas entre Iberoamérica y Estados Unidos, sino más bien dejar que la palabra toque la fibra íntima, donde se incrustan lugares, rostros, sensaciones que se van diseminando y reactualizando en el tiempo.

Trayectos sensibles

 

 

Un canto a las profundidades es un intento por navegar lo material y afectivo de la intimidad compartida en los últimos dos años de mi vida. Así, este mapa, a modo de palimpsesto, busca integrar las coordenadas de las presencias invisibles y la condición material del intercambio epistolar, donde habitan pliegues, fechas, borrones y recuerdos del nacimiento de la palabra en el intento por alcanzar la propia existencia en relación con otros. Este mapa pone de manifiesto no solo las coordenadas de múltiples temporalidades y especialidades de la correspondencia, sino que también visibiliza el pulso de la escritura como huella, rastro, ruina.

A continuación recupero los intercambios epistolares en los cuales he navegado:

  • Enviada a M: Santa Fe- Madrid (1 carta escrita enviada en formato de carta sonora)
  • Enviada a C: Santa Fe- Santa Fe (11 cartas escritas enviadas como cartas sonoras)
  • Enviada a V: Galápagos- Quito (1 carta escrita enviada como fotografía-postal)
  • Enviada a A: Quito- Tena (1 carta escrita enviada como carta sonora)
  • Enviada a D: Quito- Quito (1 carta escrita enviada como correo electrónico)
  • Enviada a S: Quito- Montevideo (18 cartas enviadas mediante correo electrónico)
  • Enviada a F: Quito- Madrid (3 cartas escritas enviadas como cartas sonoras)
  • Enviada a M.D: Quito- Buenos Aires (4 cartas escritas enviadas vía email)
  • Enviada a Z: Quito- Los Ángeles (1 carta escrita enviada mediante correo electrónico)
  • Enviada a S. A: Quito- El Cairo (1 carta escrita a mano)
  • Enviada a S. L: Quito-Quito (2 carta escrita enviada mediante correo electrónico)

Mu-danza: de Madrid a Santa Fe

En Cartas a un buscador de sí mismo, Henry David Thoreau escribe: “En cuanto si es mejor lo que usted llama “el camino del mundo” (que es en buena medida el mío) o aquel que se me revela, he de decir que el primero es impostura, y el otro verdadero. Siento la más fría confianza en éste último. Nuestras oscilaciones son aquellas que el verdadero deseo suscita ante nuestro seguimiento de otras aspiraciones. El primero es el camino hacia la muerte, el segundo es el camino hacia la eternidad”. Un silencio que no es vacío me abraza en este misterio que se revela como un canto mudo de dos pájaros abrazados: la vida como forma de arte, un juego difícil que amamos jugar. Joseph Campbell, con respecto a la vida como partida, ya decía: “la diversión del juego es que plantea riesgos, de alguna manera, y dado que se trata de un juego que fue diseñado para nosotros, es así que funciona”. Este gran juego en sí mismo es un arte que oscila entre lo espléndido, vigoroso y gozoso como problema de vivir en el mundo. Hace dos años, el gran juego me movilizó hasta Argentina con un pasaje de ida: Madrid-Buenos Aires-Santa Fe. En esta partida de movimientos azarosos, la intimidad compartida me permitió integrar mi propia existencia cuando lo desconocido me invitaba a ahondar en aguas profundas. Las primeras cartas las escribí en la habitación de una pensión desolada en invierno, intentando generar calor desde la palabra. Dos mujeres me sostuvieron en este momento desde la intimidad compartida: mi hermana de la vida y mi madre.

Para C:

La vida que miro se construye ahora en Argentina, a orillas de lagunas y de arena artificial. Mi hogar es frágil, siempre en movimiento, continuamente inestable. La habitación en un primer momento me parece lejana. Tras unos días de duelo y recogimiento ahora miro este espacio como templo: en el silencio me encuentro, despejando de a poco el ruido interno. 

Para M:

Hoy llueve. El techo es frágil y la acústica es fenomenal, entonces las gotitas de lluvia inundan la habitación y la convierten en un barco a la deriva. Entre el miedo y el gozo me sumerjo en la lluvia, en la musicalidad del golpe, del contacto. En la contemplación de este sonido, una profunda necesidad de invocarte nace en mí: tus palabras me conmovieron. Dices: “tengo miedo a los cambios, espero que pase todo pronto. Pero lo importante eres tú, cuando tengas tiempo me cuentas todo.” Mientras te leo, nos recuerdo enlazadas, como cuando era una niña y vencíamos el miedo juntas. Sanándonos en el calor de nuestros abrazos. Hoy la contención es distinta y encuentro el calor en esta carta, porque al escribirte me hago un rato un rinconcito en vos. La palabra nos alcanza como ese abrazo y sanamos.

Más allá de lo visible: el dolor y la enfermedad

La vida nos demuestra que los juegos más divertidos son los más difíciles. Los que plantean el sistema más complicado de retos son los que nos mantienen dentro del juego con ganas de jugar. La afirmación de la vida, por decirlo de alguna manera, reside en esa voluntad de sostener la partida. Un día en el jardín de la estancia en Santa Fe, después de meditar con los primeros rayos del sol del día, prometí -como afirmación clave de la vida como partida- que abrazaría el acto de jugar. En ese momento, no contaba con los desafíos del juego, las caídas y los choques que tendría que afrontar, más ahora siento que mi promesa me sostuvo en los momentos más críticos de un proceso de inmunodepresión que me mantuvo en cama por más de tres meses.

David Le Breton, antropólogo francés, dice que el dolor es siempre un regalo siniestro que disminuye al ser humano y lo acerca más a la enfermedad que si no se manifestara. En relación al dolor y la enfermedad, expresa que “en algunos casos, el dolor que señala la afección la prolonga también hasta el infinito y acaba siendo su propio fin: se transforma en enfermedad. Mantiene con el ser humano una relación ambivalente, que debe investigarse con paciencia, multiplicando los exámenes clínicos, y sobre todo las competencias susceptibles de descifrarlo y aliviarlo”. Siguiendo las palabras de Le Breton, siento que el dolor y la enfermedad me obligaron a contactar con la totalidad de mi ser. En el proceso de la enfermedad, atravesada por múltiples virus, me reafirme en la voluntad de continuar en el juego de la vida desde la palabra. Así, las cartas escritas en esta época están inscritas en el dolor, en el cuerpo desde otro registro, pero siempre sintonizando con el acto de escribir como fuente de vida. Por otra parte, también comparto fragmentos de otras cartas escritas en la recuperación de mí ser, intentando conectar con el sentido profundo y las enseñanzas de la enfermedad.

Para C:

La pulsión de escribir a ritmo acelerado, a un ritmo desconocido, frente a un dolor incierto, me mantiene arrimada a la única esquina libre de mi habitación. Necesito sostener, algo se escapa y no sé qué. Pienso que encarar el cuerpo desbordado por la enfermedad es una herida latente a la que hay que escuchar.

Para M.D:

Como te mencioné, mi regreso a Ecuador no fue planificado, incluso deseado. Volví porque tras un mes de incertidumbre, sin poder caminar, moverme y hablar, con fiebres altísimas, mareos, y demás síntomas de un cuerpo realmente débil y enfermo, tomé la decisión de retornar al nido. Fue una decisión muy difícil para mí, yo que estoy acostumbrada a volar alto y lejos, que lo necesito para sentirme viva. Yo soy una persona muy sana, nunca había vivido más allá de una gripe. Sentirme físicamente derrotada me enfrentó a muchos miedos que, sumados a la incertidumbre por no saber que acontecía en mí, me desafiaron de formas muy intensas. Toda esta experiencia también creo que la somaticé de eventos pasados que me habían provocado daño y no había atendido.

Para M.D:

¿Cuánto tiempo más así? (refiriéndome a la doctora). Ella me respondió: tres o seis meses, un año… quien sabe, depende de cómo reaccione tu cuerpo. En ese momento de incertidumbre, decidí confiar en mi cuerpo, en enviarle señales de amor, en decirle que estaos atravesando miedos y dolores juntos para renacer. En efecto, como un milagro para todos quienes me vieron en ese estado, un mes después estaba caminando de a poquito y tarareando de nuevo. En un mes y medio estaba renaciendo en el mar de Galápagos. Así, mi interés por la enfermedad, la sanación y la resiliencia, fueron producto de mi encuentro con el cuerpo del dolor.

Cuerpo marino: de la carne a la palabra

En su libro “El Mar”, Jules Michelet en el Capítulo V, El Pulso del Mar, dice: “ese mar salado como la sangre, que tiene circulación, pulso y corazón (así llama Maury al Ecuador) donde renueva sus dos sangres; un ser que posee todo esto, ¿es seguro que sea una cosa, un elemento inorgánico? He aquí un gran reloj, una gran máquina a vapor que imita exactamente el movimiento de las fuerzas vitales. ¿Es esto un juego de la Naturaleza? ¿O bien debemos creer que existe en esas masas una mezcla de animalidad?”. Renacer en el mar me mostró el infinito y develó el misterio de la vida como motor esencial. En el pulso de este animal inabarcable, de corrientes y contracorrientes internas, encontré el espacio para volver a nacer más ligera y con el corazón abierto. Estas cartas fueron escritas en las Islas Galápagos, donde en la profundidad del mar me sintonicé con la belleza sutil de la vida. Desde este renacimiento, después del contacto con el dolor, la personalidad del mar se convirtió en una indagación permanente en mi escritura, volcándome a compartirme desde la infinitud el mar. Así, otras cartas escritas a lo largo de estos años, son un intento por conectar con la profunda animalidad del mar y explorarlo desde la palabra-cuerpo.

Para Z:

Las islas fueron un lugar donde aprendí de la sanación tanto interna como externa, del contacto con mi universo interno y con el de otros, de la calma y la plenitud.

Para F:

La intención de navegar las aguas intermitentes de la palabra sucedía a diario, arrullada entre los rayos del sol, abría mi diario y tomaba la pluma para escribir, colocando las manos en mi corazón recitando una plegaria desconocida.

En esta personalidad marina se devela la magia; también es donde se abre paso lo incierto. Con las fuerzas vencidas, me entregué y abandoné la búsqueda de sentido. Ya no luchaba contra las corrientes, flotaba en ellas como un suspiro. Así, la palabra se presentó sin resistencia.

Para M.D:

Venía sintiendo que el mundo era un mar feroz que me podría tragar en cualquier momento, todo el tiempo sintiendo mi cuerpo y sentir a la deriva. Me desconecté del afuera. Abrí adentro. Explosión…

La luz y la sombra: transmutación

En “Mitos de luz”, Joseph Campbell, expresa que «la luz no es mejor o más potente que la oscuridad, ni la oscuridad es mejor y más potente que la luz. Son simplemente los dos principios equilibrados sobre los cuales reposa el mundo». El renacer en las islas, desde el pulso del mar, me contactó con la grandiosidad de lo desconocido. La integración es esa linterna que alumbra el subsuelo, que trae a la luz esas profundidades expulsadas y rechazadas de nuestro ser. Desde la presencia, ahora asistida por la luz en la sombra, pude observar lo que se manifiesta con apertura en mi mundo y también de lo que es necesario soltar desde la consciencia. Alumbrar los rincones inhóspitos, desvitalazantes, trajo consigo un proceso de transmutación interna intensa. Como parte de este proceso, la luz y la sombra; la vida y la muerte; la evolución; la consciencia, se volvieron en reflexiones constantes en mi escritura. Fue maravilloso observar que estos temas también se presentaban en la vida de los seres con los que transitaba el camino. Estas sincronías estuvieron acompañadas de procesos de cuidado mutuo en el que pudimos sanar desde la escritura. Estas cartas son alquímicas: de cambio y transformación.

Para M.D:

Hoy habito la intemperie de lo desconocido. Mis manos tiemblan como un presagio de la potencia de la palabra, finalmente el grito contenido está saliendo a la luz. Del encuentro con la sombra se ha habilitado la conciencia.

 

Para S:

La luz: viaje, onda expansiva, rastro.

La luz: no existe sin la oscuridad.

La luz: espacio sagrado, silencio, trascendencia.

Esta es una carta corta, aún me siento muy incapacitada para hablar sobre la luz, justo ahora que estoy integrando a mi vida con convicción que la luz y la oscuridad son contrastes, que sin la una no existe la otra. Hoy te abrazo en ese espectro que llamamos vida, por el que pasamos del caos al orden, y así, como una rueda que gira.

 

Para S.L:

Desde el contacto tan cercano con la muerte me encontré con la luz que destruye todo engaño: el nacer y morir no como opuestos, sino como sustancias integradas en diversas y múltiples formas. El espíritu es infinito más allá de las formas.

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